Lo que se cierne en la espera.

Siempre he sido una bola de complejos. He estado acomplejado por mi aspecto, por mi presencia, por mis gustos. Nací acomplejado y supongo que moriré acomplejado.

¿Nos definirá nuestro aspecto? Queremos pensar que no, rezamos porque las personas sean capaz de rasgar el velo de la apariencia para ver la joya resplandeciente que nos suponemos ser. Pero en esta actualidad, caemos en una mercantilización de lo que somos, en una valoración de la apariencia como un anuncio publicitario de algún producto.

Nos deslizamos hacia el reinado de lo superficial y lo superfluo. Hoy día todo es de usar y tirar, incluidos nuestros estilismos, nuestros gustos, nuestra apariencia. La soledad del que aguarda la comprensión de sus pares se acrecienta con pasos agigantados al fluir de los años: La vejez nos arrebata la fuerza de la juventud, la única que interesa a un sistema podrido hasta la médula de “apariencia”. Y quien nunca fue bello parece flotar desde una nada hacia otra, discreto en su pasaje, indoloro y apenas renuente al silencio del olvido que se cierne sobre él. Es el reinado de un terror inespecífico, de un agobio que se ha vuelto el espíritu del siglo: La Ansiedad.

Si Kierkegaard fue el filósofo de la Angustia es porque la angustia estaba latente en la época que le tocó vivir, el Romanticismo. Era la Angustia vital que él caracterizaba como la “posibilidad de la Libertad”, es decir, la indeterminación y el conocimiento de que uno se hallaba en un cruce de caminos. Pero el Romántico lidió con ello ensoberbeciendose en su propio mundo mítico de épocas medievales, amores imposibles y vehementes sentimientos. Nosotros, que somos hijos del último romántico-Nietzsche- no podemos ya caer en la fantasía de que lo último, lo más principal, son los sentimientos humanos. Ya hemos devorado la manzana hasta su corazón, y sólo tendemos a querer más. Somos el Homo Oeconomicus, el Hombre que vive para el beneficio económico. No nos consuela el amor como tampoco nos consuela el odio. Hemos agotado las falsedades de la Metafísica y no nos queda nada, excepto la Ansiedad. La Ansiedad del anhelo, del deseo, de la ganancia, del paso del tiempo, de las pérdidas, del recuerdo, del olvido, del mundo en general y en específico, de lo grande y lo pequeño, de lo correcto y lo erroneo….

La Ansiedad a convertirnos en pobres y arruinados vejestorios, en pordioseros, en vagabundos, en olvidados y dejados de la mano de Dios. La Ansiedad que perpetua este sistema es una ansiedad criminal, un veneno en la médula. Y todo alivio es un alivio temporal, todo intento de rebajar esa ansiedad no la eliminarán, puesto que la Ansiedad es el rasgo perpetuo que nos mantiene a todos en movimiento.

Y todo este sistema creado para llegar al fin último y más excelso, que es el odio a la personalidad. Todo aquello que genera ruido y nerviosismo en los mercados, en el bolsillo del inversor. “Odiate a tí mismo”-gritan desde los televisores, los ordenadores y las revistas- “Odiate a tí mismo. Cámbiate. Modifícate. Desmémbrate” pues esa necesidad impulsa la avaricia que permite la ganancia monetaria de unos pocos.

  Job 2:9
Entonces le dijo su mujer: ¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete.

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