La Confesión.

En la Inglaterra del Antíguo Régimen existía una tradición secular extraña: Las confesiones escritas de los ejecutados eran encuadernadas en su propia piel. Como una mórbida burla, la historia personal y la persona se acababan entrelazando en su final. E irónicamente, escribir del pasado es reelaborar ese pasado.

Cuando uno se pone ante una página en blanco para contar su vida, uno nunca acaba contando su vida: Escribe más bien de lo que recuerda, o de lo que cree recordar. Escribir es también en cierto punto, confesar. Uno confiesa algo con lo que escribe, y también con lo que calla. Sin embargo, hay grandes mentirosos. Los mentirosos profesionales son como los camaleones: capaces de ponerse en la piel de sus personajes, indistintamente, acabando incluso por no distinguirse de ellos. Nadie duda que había algo de Shakespeare en Hamlet y en Falstaff, pero qué en aquella mente se suponía ser el exquisito príncipe danés y el putero borracho es de difícil conocimiento. Algo y lo mismo ocurre con el Ulises de Joyce, en el que un hombre exteriormente aburrido, despliega el microcosmos de una urbe como Dublín en sus personajes y descripciones.

Entonces, estamos en las mismas. Escribir es o engañar o engañarse: Es presentar algo evidentemente falso a los jueces, o bien, presentar algo que uno creía verdadero. Igual que los reos a muerte en aquella bárbara Inglaterra, presentarían sus confesiones ya fuesen engaños que plasmaban para burlar al jurado, ya una memoria difusa de lo que creían que pasó alguna vez. La escritura sigue siendo un ejercicio personal que nos arroja información del escritor: la del camaleón que cambia de piel, o la del mentiroso que busca el agrado.

El reo condenado sabía, conocía verdaderamente, que aquello que presentaba era su culminación. Su otrora tierno pellejo se convertiría en el abrigo de unos papeles en los que discurría su crimen. El escritor puede sentirse igualmente cohibido, cada obra debiera ser al fin y al cabo, el culmen de su historia personal hasta el momento vivida: El reflejo de lo que ha vivido hasta el momento, no de lo que podrá vivir. Pues la experiencia no vivida no puede ser aún expresada….o sí. El engaño es una faceta importante en la artesanía de la escritura. Saber el efecto y las causas evidentes de un estado o de una personalidad son el sustitutivo de la ausencia de su experiencia: No puedo ponerme en el pellejo de un loco sino expresando la consecuencia de sus actos y las causas de su locura. Puedo imaginar que aquel hombre de avanzada edad se siente solo y eso le lleva a prodigarse en bares y prostíbulos. Pero en esa lógica, sólo derivo la forma en la que yo pienso, unas consecuencias o unas causas que yo determino. Su soledad también le podría empujar a buscar en páginas web de pareja, o a matar como un psicópata. E igualmente el hecho de estar en un puticlub no tiene por qué deberse a estar solo, sino porque uno sea un irremediable golfo, o símplemente se le pinchó la rueda a su coche en medio de la autovía.

Al final sólo queda preguntar ¿Será todo esto una confesión o un engaño?

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