La Monada Jeroglífica, o los Trabajos de John Dee.

“Quien no entienda, que calle o aprenda”

El eminente matemático y astrólogo de la reina Isabel I, John Dee (1527-1608/09), era una caja de sorpresas. Durante su vida actuó de espía doble para la corona británica y los países europeos en los que iba de vez en cuando de gira académica para exponer sus ideas más científicas. En el caso del libro de la Mónada Jeroglífica, es una conjunción entre la vena científica de Dee, y su vertiente esotérica.

En su versión científica, estamos en el s. XV: Las ambiciones de los “filósofos naturales” (como en aquel entonces se definía a los científicos)estaban en desentrañar las influencias y los secretos de la naturaleza. Dado el desconocimiento existente sobre la materia, esta caía dentro de una rama del saber que se dio a llamar como “Magia Natural”, usando la palabra “Magia” en el sentido de “efecto de causas desconocidas o inexplicables”. Un par de ejemplos de “Mago Natural” fueron sin duda Cornelio Agrippa y Paracelso.

Aparte de este deseo de desentrañar las causas naturales latentes en los efectos producidos sobre ciertas materias, estaba igualmente el deseo de desentrañar el misterio de la multiplicidad de lenguas humanas que se repartían por el mundo. Los más aclamados lingüistas pretendían remontarse hasta la lengua Adánica, la supuesta lengua que hablaba Adán en el Paraíso, y que teóricamente era compartida con los ángeles, antes de la Caída.

De la fusión de estos dos intereses nació la “Mónada Jeroglífica”.

La Mónada propiamente dicha sería un símbolo en el que se recogen y del que parten el resto de glifos simbólicos referidos a los planetas conocidos en la antigüedad. El interés de Dee en la magia planetaria no fue accidental, pues más tarde también seguiría sus estudios con el De Heptarchía Mistica en el que desarrollaría sus conocimientos de magia planetaria, y sería interesante comprender cómo el Monadas pudo influir en el Heptarchía. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras el Mónadas no estaba predeterminado por ningún sistema mágico, el Heptarchía se inscribe directamente bajo el más archiconocido sistema del Enoquiano. El Enoquiano, ya de por sí, explica el interés de Dee de remontarse a las fuentes primeras del lenguaje que dejó claro con la creación de la propia Mónada.

Una vez finalizada la obra, esta fue dedicada a Maximiliano II, Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico. Los detalles cuentan que Dee se reservó el mayor secreto de la Mónada, su significado y valor de uso, para ser explicada sólo por él presencialmente. A la muerte de Dee, por supuesto, se perdió esa supuesta explicación. Por otro lado, hay una relación entre el símbolo, la alquimia y los Rosacruces. A este respecto, podemos entender que el valor del símbolo descansaría sobre su unicidad: El interés de los Rosacruces por la alquimia es de carácter simbólico; esto supone que cualquier explicación de la Mónada pasa por la relación que estos establecían entre la Alquimia y su simbología como una serie de procesos vitales. Pero además, la unificación de toda una suma de símbolos planetarios, la hacen portadora de un valor macrocósmico, en el sentido de ser un signo de los planetas entonces conocidos, es decir, una representación de nuestro sistema solar. La Mónada es además tanto un símbolo de la infinitud (porque las combinaciones de sus trazos es múltiple) como de la especificidad (pues es un glifo que abarca a todos los demás glifos).

Puestos a soñar, la Mónada es la representación de las infinitas combinaciones de un sueño.

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