La Sangre Seca

Cualquier humilde limpiadora sabe que una mancha de sangre es una de las cosas más difíciles de quitar de cualquier superficie. Pero se quita, o al menos, su rastro visible. Aún así, la sangre siempre deja un rastro invisible. Cuando Lady Macbeth se lavaba frenéticamente las manos, estas estaban limpias como una patena. La mancha, sin embargo, seguía allí.

No hay nada que tizne más que la sangre inocente. No sólo cubre lo que toca, sino lo que no toca: se extiende sobre la persona que lo asesina, y le tiñe los ojos. Entonces, el mundo se vuelve rojo.

La mancha de la pared hecha con el cañón de una escopeta y un pecho, llena de grumos de carne indistintos que la hacían parecer una obra de Pollock, se encontraba ya seca. Esa mancha estaba seca, había desaparecido de la pared la misma noche que su creador había apretado el gatillo, pero seguía allí. Estaba seca, pero aún podía verse nítidamente en la memoria de su autor.

Al principio, no le dio importancia. El cuerpo inerte del cadaver se pudría tranquilamente bajo los tablones del suelo, y podía mantenerse eternamente en secreto. No escuchaba siquiera el “latir de su horrible corazón“, como escribió Poe. Pero no sabía por qué, sabía dónde estaba esa mancha aun cuando había limpiado con lejía esta hasta que le dolieron las manos, conocía sus extremos y su forma, esa mancha le molestaba mucho más que el haber escuchado el corazón de un muerto.

Conforme los días pasaban, la situación empeoraba, pues la memoria de la mancha iba haciéndose más y más vaga. Esto sin embargo no suponía el olvido de la mancha, sino su extensión: Ya no recordaba dónde empezaba la mancha, no recordaba sus límites, y la mancha cada vez le parecía más y más grande, cubría la pared y se extendía más y más conforme pasaba el tiempo. El cadaver apenas apestaba ya, señal de que había sido consumido hasta los huesos, y las tardes pasaban tranquilamente, aunque tenía la horrible sensación de unos ojos clavados en su nuca, los ojos de la mancha que le observaba a sus espaldas.

Un día, la mancha empezó a engullir la casa. Ya no recordaba la mancha, sino la casa de la mancha. La sangre se escurría por las paredes y salía a la calle a borbotones.

Un día, el mundo se volvió rojo, y no podía soportar aquel color. Dejó de percibir los tonos azules, los verdes, los grises..Apenas podía leer, pues el color del papel y el de las letras eran rojos, la televisión sólo emitía una señal roja brillante, las bocas de las personas se llenaban de un desagradable color rojizo que le salpicaba con una saliva espesa como la sangre.

Entonces, desesperado, tomó el cañón de la misma escopeta, y se fundió con el fondo apretando el gatillo.

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