Johannes Finnicus, el Impresor Loco.

En las tierras de Holanda, entre el s. XIV y el XV, vivió Johannes Finnicus, o bien, John von Finster, natural de Ulm, pero que los azares de la vida le llevaron hasta Amberes, en donde existía una gran vida cultural en la que desarrolló su labor como impresor.

Su trabajo lo aprendió en Venecia, en donde se hacían grandes impresiones de las Bibliae Pauperum o “Biblias para pobres” . En Italia recibió su formación humanística en latín y griego y aprendió a editar los textos clásicos, que pronto se dispersaron por toda Holanda y Países Bajos. Sin embargo, Johannes no fue nunca un impresor al uso: De su imprenta salieron engendros como el “Liber Tipiphycationem Moratorum Thenebrae” o el “Astragalomelonecromanthia”. Merecen mención aparte los “Theatrum MaledictionemTexta” y el “Bibliothecacriticum”. Estos últimos títulos demuestran su debacle mental, que iba paulatinamente haciéndose más precaria conforme pasaban los años; No sin interés podemos dejar de señalar la nota hecha por el cronista local, Eusebius Amberiensis: “Era hombre alto y enjuto, algo seco de cara, calvo y con nariz aquileña y mirada punzante.(…) Fue reclamado varias veces por la justicia, pues los vecinos juraban que las máquinas de aquella imprenta no paraban ni de día ni de noche. El gremio de impresores de la ciudad le echó, tomándole por un loco, pues aparte de la altísima competencia que suponía su contínua edición de libelos y otros volúmenes, creaba otros de la noche a la mañana llenos de patrañas y apenas inteligibles para los ojos de los hombres”.

De esta última etapa, la de su locura, apareció el “Bibliothecacriticum”, que era una bibliografía de libros, con la particularidad de que todos ellos jamás existieron. De entre estos, destacan muchos que por la mera insinuación heterodoxa que suponían y su curiosa combinación (como un inexistente Liber Beatitudo Prostitutionem Polithica– Libro de la Bondad de la Prostitución Política- o un Pro Haereses Manducationem– En Favor de las Comidas de los Herejes), llevaron a su autor a tener que dar explicaciones a los poderes tanto seculares como eclesiásticos, que pudieron confirmar el irremediable estado de locura de nuestro autor.

Viendo que ni podía dejársele libre, por el problema que producían sus ediciones, ni tampoco ser eternamente encarcelado, pues estaba loco, daría con sus huesos en el sanatorio de San Bernabé, en la misma ciudad, entorno a 1405. Nada se sabe de su muerte, aunque una leyenda local señala que se desangró cortándose las venas con un plumín de acero. Quizás sólo quería escribir.

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