Mutismo.

Sentado en una silla cerca de la luz de la ventana, se veía un pequeño y apocopado joven de unos veinte años de edad. No se sabe dónde miraba exactamente, vestido con uno de los batines blancos de la institución de salud mental y suspirando lleno de tristeza. Estaba extremadamente blanco y extremadamente pálido, y parecía querer romperse en mil pedazos.

La cosa empezó hace unos meses: El chico vivía una vida normal y rutinaria, pero en cierto modo, poco a poco, una presa llena de ansiedad, caos y estrés empezó a hacer barricada en su interior. Las cosas no marchaban bien en casa, el trabajo no llegaba, las facturas se acumulaban y el estudio apenas se recompensaba. Trataba de mantenerse firme, y trataba de ser positivo, aunque no podía olvidar sus preocupaciones. Entonces llegó el insomnio y las crisis de ansiedad. Puesto que tampoco tenían dinero para buscar ayuda psicológica, el joven sólo podía aguantar. Finalmente la irritabilidad y la depresión hicieron acto de presencia: Un estallido de cólera le hizo empujar y derribar a su madre en una discusión, ya ni siquiera recordaba por qué había sido. Desde entonces, no decía palabra.

Los vecinos llamaron a la policía al oir el estruendo, y al ver el estado alterado del joven, decidieron abrir diligencias. A partir de ahí, todo fue de mal en peor: el chico no abrió la boca para dar su versión de los hechos, ni para hablar con su abogado, ni para defenderse ante el juez, ni para hablar con sus padres cuando todos acordaron que, dado su estado, era mejor internarlo en un sanatorio. Cuando abría la boca, se quedaba un momento reflexionando y entonces, con un suspiro, la volvía a cerrar y bajaba la vista avergonzado. Se había resignado a quedarse mudo para siempre. En algún momento, la vergüenza de su acto le hizo sopesar que era mejor callar y asumir todo lo que le ocurriese, se había rendido ante sí mismo y cada vez que surgía algún pensamiento que le animaba, este se iba apagando, como la llama de una vela.

Al principio, su energía natural le hacía moverse un poco. Pero incluso eso empezó a desaparecer, y pasaba los días sentado en aquella silla dentro de una habitación que compartía con otro interno. Todos parecían querer ver al muchacho triste, porque en su juventud era como una flor a punto de marchitarse. Los internos le veían con curiosidad, como un cuadro: Era un joven de estatura media, sin mucho que reseñar, pero lindo de cara, por lo que pronto empezó a agradar a los demás internos, que le veían como un hermano pequeño, aunque apenas se moviese y no dijese nada.

Un día, el doctor que hacía las rondas, le fue a examinar. Era un hombre de edad madura al que el estado del muchacho le encogió un poco el corazón.

-Parece que está catatónico. Es una depresión severa-comentó a un celador-, deberían estimularle. Sáquenle a pasear, denle algo con lo que entretenerse…-señaló disgustado. Los celadores símplemente dieron al joven un peluche y siguieron con su trabajo; una especie de engendro ajado por el uso. Los celadores no tenía tiempo para preocuparse por un interno más en un sanatorio atestado de cosas que hacer, sin suficientes especialistas ni mano de obra que les ayudase ¿qué podían hacer?

Otro mes pasó, y la situación del joven no mejoraba; apenas era ya un muñeco al que vestían y dejaban en aquella silla. Estaba medianamente aseado, su pelo algo largo y brillante era ya lo único que parecía hermoso en él cuando el resto de su cara parecía haber perdido el alma, y sus ojos grandes y aterrados habían acabado del color de la leche, pues las retinas se le habían desprendido, creándole dos cataratas. Es decir, se había quedado ciego. Además, su voluntad de vivir era tan escasa que estaba las veinticuatro horas enchufado a un gotero que le alimentaba y con un catéter que evacuaba sus necesidades. Cuando el médico, aquel médico que le atendió una vez, regresó, no pudo más que llorar al ver que aquel muñeco de porcelana se había quedado ciego y apenas respiraba.

Cuando el doctor pidió explicaciones, movió cielo y tierra para ver a los encargados, furioso, recordando a sus propios hijos y viéndolos reflejados en aquel monigote que apenas era humano. Todos regresaron a la sala del mudo, y sólo pudieron confirmar la muerte del joven.

Su corazón dejó de latir a las seis de la tarde.

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