El Espejo de Agua.

En una tierra muy lejana, donde los hechizos aún existían, un brujo se recluyó en su cabaña. Habiendo maldecido la tierra de alrededor para que sólo germinasen malas hierbas y árboles venenosos, todo aquel paraje se convirtió en un bosque de espinos de la noche a la mañana. El brujo se había cansado hace mucho del género humano, y estaba dispuesto a enseñar a todos los hombres que hasta allí se acercaran sus verdaderas formas, la de bestias, para que de una vez por todas entendiesen la maldad que albergaban en su interior.

Consiguió esto con un espejo hecho de agua, que con sus artes había cristalizado. Estaba enmarcado con un pugilar, como si un espejo de mano común y corriente se tratase. Los hombres que se perdían en aquel bosque se encontraban con el hechicero portando un espejo, y antes de convertirse en animales, observaban como un rayo sus reflejos en aquella líquida y mágica superficie. Pronto la transformación comenzaba, se postraban a cuatro patas y les brotaba pelo por todos los lugares; sus caras se desfiguraban; sus ojos perdían el brillo de la inteligencia…y en un momento, eran monos, serpientes, ratones, linces, civetas, zorros…que corrían despavoridos de la presencia del hechicero.

Un día, una madre abandonó a su hijo en los umbrales de aquel fatídico bosque. El niño no tendría más de tres años y no conocía la maldad humana, excepto por aquella traición en la que ahora se hallaba. “Quédate un momento aquí”-le dijo la madre-“iré a tomar agua a la fuente y pronto marcharemos”. Y así dejó al niño a los pies de un tejo. Las horas pasaban y se hizo la noche, y el niño, asustado comenzó a llorar llamando a su madre. Los gemidos del pequeño alertaron a los animales que se acercaron a husmear el lugar.

Fue así como el hechicero se percató de aquel crío, y divertido, se acercó con el fatídico espejo ¿Qué clase de animal será?- preguntó con perversa fascinación el mago. Entonces puso el espejo delante de la cara del pequeño. Una vez lo hizo, lo impensable ocurrió.

Con un brutal chasquido, el espejo se partió, y el agua se fundió, dejando al hechicero con el inútil resto de aquel marco que lo contenía. Los animales comenzaron a perder sus formas de bestia y recobraron el sentir y el pensar humanos. Cuando alguno acabó su transformación, echó mano al brujo, y entre todos le colgaron de un árbol cercano como venganza. Los hombres, viendo a su pequeño salvador desamparado decidieron plantearse quién de ellos lo cuidaría, suerte que le tocó a un comerciante acaudalado de una cercana ciudad.

Y es que la magia del espejo no pudo soportar al único ser humano que se había encontrado sin maldad alguna, creado como fue para indagar sólo en los defectos morales del Hombre. El pequeño, por supuesto, no podía tener ninguno, siendo inocente como era.

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