El Efecto Frankenstein.

Ahí estaba, el sufrimiento. La gente tiende a obviar el cinismo que supone estar en contra de mis acciones aquí abajo. Todas aman ser amadas, pero en realidad, lo que aman es saber que alguien sufre por ellas.

En su rostro, el sufrimiento. Esa enfermiza marca de dolor creadora de monstruos. La tortura no solo desfigura el cuerpo, sino el alma. Pero ninguno se posiciona a favor del torturador. Como una bola de cristal que baja rodando por una pendiente que acaba por destrozarse en los rebotes, así eran las acciones que me suplicaban cometer sobre estos cuerpos, inevitables. Uno sabía que había llegado al culmen de su obra cuando te suplicaban que les matases porque la vida se les hacía un infierno. Mis amos, sensibles magnates del mundo de la superficie, sin embargo mantenían el mismo corazón de piedra que yo al negarles esa piedad.

No sé cómo empecé en este trabajo, no lo recuerdo. Me he quedado atontado por los gritos, y mi oído ya no sabe apreciar una buena melodía que no salga de las cuerdas vocales de un desgarrado; mi vista ha acabado acostumbrándose a la oscuridad de la mazmorra y la luz me daña; mi tacto sólo distingue ahora entre quemaduras, roces y fracturas ; mi gusto sabe la distinción entre todos los tipos de sangre, pero no conoce la diferencia entre una fresa y un limón; mi olfato se ha hecho al aroma de la carne humana, la descomposición y la putrefacción de los fluidos corporales, mas no al aroma del aire libre y puro, o al de los lirios. Ya dejé de ser humano y me volví la mismísima tortura que viene a visitar a sus víctimas. Unos guardias me llaman el “Ángel de la Muerte”, otros “Corazón de Piedra”, pero hace mucho que dejé atrás algo así como el alma o el corazón. Propiciar la miseria ajena es matarse a uno mismo. Cuando estaba vivo, deseé vivir una vida normal, una casa, una familia…ahora que estoy muerto, pago el precio de la eternidad. Todos los muertos participan de ella.

Creo monstruos. Soy el padre de las sombras, que reptan sobre las murallas y se escapan por las calles. Porque el sufrimiento se propaga. El sufrimiento es un efluvio, un aroma pestilente que corrompe todo lo que toca. Estos que alguna vez fueron humanos, con un hilo de babas y sangre, con unas bocas desdentadas, con unos ojos lacerados, piden justicia a lo eterno, a los muertos. Pero los muertos son sordos, y ellos lo comprueban. Incrédulos, ven cómo la esperanza que siguen buscando nunca llega con el bálsamo a sus llagas. Esa es la mayor de todas las torturas.

Leí “Frankenstenin” una vez, y me di cuenta de que Shelley pretendía que nos apiadásemos del monstruo ¿Se merecía él haber nacido? ¿El haber sido abandonado por su creador? Y todo por su abominable fealdad. Y así es como Victor Frankenstein generó su propio sufrimiento a través del sufrimiento de su víctima, su experimento. Cuando negó la ayuda a su creación, se mató a sí mismo ¿No es una bella metáfora del trabajo de un torturador?

No, mejor dicho ¿No es una bella forma de decir que el ser humano es la víctima de sus propias torturas?

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