El Hombre que vio al Ángel.

Ya estaba todo listo. En el suelo, el círculo mágico, y en la mano el libro de hechizos. Era el día y la hora acordados para dar comienzo al ritual. Estaba en lo más profundo del bosque. En el pebetero, el incienso se elevaba perezoso haciendo volutas de humo, rogando a Dios con su rezo invisible.

Desnudo, porque lo requería el ritual, el hechicero introdujo su aun joven cuerpo en el círculo y empezó a invocar a los cielos. La noche estaba abierta, y las estrellas refulgían como la plata viva. La luna aun no había salido por el horizonte, pero tardaría poco en hacerlo. Puso toda su voluntad en las palabras que profería. Un aroma a flores le embargó. Y entonces ocurrió.

Una luz dorada inundó todo aquel bosque. Como si de repente se hubiera hecho de día, un rayo de luz apareció ante el hechicero, y una silueta se perfilaba dentro de la misma. El hechicero se tapó los ojos ante la intensidad de aquella ráfaga de luz pura. Y la figura empezaba a hacer acto de presencia ante él, como si pasase del cristal a la carne, parecía tener cada vez mayor consistencia: Unas alas desplegadas de color pardo brillante parecían abrirse a sus espaldas, una túnica roja y blanca que etéreamente parecía flotar y ser insuflada de un aire inexistente, y un rostro de una belleza indescriptible. El hechicero apartó las manos de los ojos, asombrado y asustado a partes iguales.

Aquel era el ser más hermoso que el mago había visto en su vida: No era una belleza humana, no tenía un sexo determinado, ni podrían sus facciones describirse de manera satisfactoria en la lengua de los hombres. Era como la belleza del mar, o la de las montañas: era brutal y sobrecogedora, casi inoportable. Aquello era una belleza pura e incontaminada que no entendía de la carne, un rostro sonriente y amable que se hacía comprender en todas las lenguas. El hechicero lo miró absorto hacer una mueca, casi señalándole. Y entonces una punzada de vergüenza recorrió su ser: Estaba desnudo. Estaba desnudo y se sentía sucio, lleno de mugre, absolutamente impuro, aborrecible…Se dobló sobre sí mismo, a horcajadas, del dolor que de repente le surgió en el estómago. Notó entonces un movimiento en su alma, un grito desesperado -“¡No me mires!”-suplicó. El ángel con los dos ojos claros como el cristal le observaba, sin juzgarle, sin un ápice de asco u odio. El mago sintió ese amor silencioso emanar de aquel hermoso ser. Notó cómo le quemaba por dentro-“¡No!”-grito, haciéndose una bola de carne dentro del círculo mágico. Le dolía. El ángel sólo hacía su labor purificadora, a través del amor que emanaba.

Todo aquel amor incondicional, toda aquella amabilidad…¿Qué era él, comparado con aquel ángel?¿Por qué sentía el amor de esa presencia?¿Qué clase de tortura era esta? Notaba su odio y su vergüenza arremolinarse, notaba la angustia hacer acto de presencia. Se sentía odioso, indigno, sucio, execrable…se sentía como una rana atrapada en una charca de vómito, como una serpiente huyendo tras haber devorado una rata. En una palabra, se daba asco. Las lágrimas brotaron por sus ojos -“¡Vete!”- gritó- “¡Vete! ¡Me haces daño!”- repitió entre llantos. El ángel no se inmutó ni siquiera por aquellos gritos. En un momento, se volvió a hacer la noche. La luz y el ángel habían desaparecido.

El hechicero por fin pudo levantar un poco su rostro, clavado en tierra, lleno de mugre y polvo, de lágrimas y mocos. Siguió llorando durante un tiempo más en el silencio de la noche, sólo roto por el canto de los grillos. La luna salía ahora por el horizonte, esta vez, con una luz más fría y mortecina que la de aquel ente sagrado, para realizar su ronda por el mundo de los durmientes. Hace unos días, el hechicero pedía a Dios por la visión que acababa de tener. Ahora, se sentía humillado y roto por dentro. La luna en alto le observaba, la noche sólo había empezado para él.

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