El Noctámbulo

Existe cierto placer en permanecer despierto en la noche. Cuando el conocimiento de que en kilómetros a la redonda nadie está despierto te embarga. No ocurre en la ciudad, en donde nadie duerme bien; ocurre en el campo, en tierra adentro, en los pequeños pueblos en los que todo el mundo se conoce. Allí, uno puede ver las estrellas y relajarse antes de dormir. O puede no dormir en toda la noche, y respirar el frío aire de la noche.

En la ciudad, el placer de quedar despierto queda oscurecido por el color amarillo de las farolas, por el ruido incesante de los coches que pasan, como un zumbido. Quizás, la locura de la gente que vive en la ciudad pueda explicarse con ese ruido que no para, que es un telón de fondo de la vida ajetreada de sus habitantes. En la ciudad, el noctámbulo debe encontrar otros placeres, como el de vagar en la noche, adentrarse en tiendas 24 horas en las que el dependiente está tan derrengado como tú. Observar la fauna nocturna salir de caza en pubs y bares. Y ver la luna, lo único grande que queda en una noche sin estrellas.

Dormir es necesario también, porque nadie sobrevive sin dormir nunca. Pero ese tiempo en el que uno aún no desea despedirse de este mundo a veces, es un tesoro de hallazgos improbables.

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