Las 27 Noches de Vicente Valentín

Segunda Noche

¿Cómo se siente un perro apaleado? ¿Cómo se siente la lluvia incesante que choca contra el viento y se desliza sobre la tierra? ¿Cómo se siente el pino solitario que crece sobre la árida piedra?

Vicente tenía un espejo, un pequeño espejo. Se miraba en él y se angustiaba. Imaginaba qué era sentirse a gusto con su piel. Y se angustiaba cuando no encontraba nada que le devolviese la mirada de sus propios ojos. Era la desilusión y la tristeza la que le resecaba las córneas. Y se angustiaba por angustiarse.

La gente paseaba, quizás feliz, quizás ignorante de lo que significaba la felicidad. Vicente Valentín no podía pertenecer ya a esa especie despreocupada que miraba por sobre sus hombros. Si lo material es lo único existente, entonces sólo la efectiva pertenencia de “Ser” era lo que consolaba. Y Valentín no tenía nada más que su pellejo encima. Suspiraba.

Suspiraba mucho. Como los pinos en la roca, y el agua que escurría la tierra, y el perro apaleado. Suspiraba y se angustiaba por Dios sabe qué.

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