La Naturaleza de la Belleza

La belleza, largo tiempo mirada, acaba por convertirse en algo grotesco. Todo sucede de forma natural: Primero, nos encanta con su aparente perfección; luego, nuestra mente se habitúa a ella para llegar a considerarla insulsa; finalmente, cualquier mínima desviación de un hipotético ideal nos resulta insoportable, de forma que hasta los más bellos rasgos acaban por tener un defecto: una mínima torsión de comisuras, una ligera curvatura de tabique nasal, una casi-imperceptible arruga en el párpado del ojo…y el hechizo desaparece. Nos abruma y nos abochorna el terror de no haber encontrado aún la Belleza en Sí.

Pero divagando, desde un aspecto negativo, esa “fealdad” introducida en esos huecos de hipotética perfección, ¿no endulzan un rostro?¿no lo salpimentan en cierto modo? ¿No le da variedad a algo que, de otra forma, sería eternamente igual e idéntico a sí mismo? Porque si la Belleza nos sorprende para acabar por dejarnos fríos, al menos la imperfección de la fealdad nos rehuye para acabar transformándose en algo que podemos paladear. En la fealdad buscamos precisamente belleza: aquella facción que mirada con detenimiento tiene su encanto, aquel surco que estratégicamente colocado da porte, aquella nariz que de tan curiosa es hasta adorable…En la fealdad operan entonces fenómenos diametralmente opuestos a nuestra observación de lo bello: Primero nos desagrada; más tarde encontramos puntos de curiosidad; y finalmente acabamos por admitir que la fuerza de ese rostro está en su particularidad.

No es sencillo de admitir, pero sí de comprobar: puesto que el hombre siempre ha buscado copar los vacíos con elementos llenos, la mente no percibe el espacio como tal sino en referencia a un cuerpo que lo ocupa: aquí nos hacemos eco de lo contrario de lo que afirmaba Kant, que consideraba al Espacio como un Trascendente, y por tanto independiente de todo objeto que lo ocupase. Esto es demostrable por el siguiente ejercicio: Una mente no puede imaginar un “espacio” vacío en su totalidad, al menos no en referencia a sí mismo y por sí. De existir una mente así, el vacío y ella misma serían uno. Para imaginar el “espacio” se alude a “llenos” y “vacíos”, siendo el “vacío” el espacio en sí en el que se da lo “lleno”-los objetos, que son los objetos con los que esa mente “choca”. Pero para crear esa contradicción, debe de haberse percibido la misma, es decir, el “espacio” debe de haberse percibido como ese juego de “llenos y vacíos” en el que nos damos nosotros mismos, y esto es lo mismo que decir que el “espacio” al necesitar de experiencia como tal, no es Trascendente e Inmanente, sino Mediato y Dependiente, pues es necesario saber QUÉ espacio se ocupa para saber que se ocupa UN espacio.

Así, la mente humana, hace surgir las cosas de la negatividad, la belleza de la fealdad, el orden del caos, la permanencia de la fugacidad…Así es como de la Nada, se pasa al Todo.

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