Punto de Congelación

Me hallaba en aquel helado momento en el que reconocía que la asepsia era lo más cercano a la Muerte. Los hospitales, limpios y pulcros, con su característico aroma a alcohol y desinfectante, son ante todo asépticos. Y aunque la Muerte nos recuerde a la suciedad de la podredumbre, la máscara de limpieza que un hospital coloca a ese rostro nos inquieta más que la verdad misma. En esas cuatro paredes blancas y brillantes, en esos camastros, bajo esa luz de neón, la limpieza engaña; la asepsia arrastra hasta las lágrimas, y no queda rastro del sufrimiento de nuestros prójimos.

Me moría, y cada día las idas y venidas de carritos y enfermeros por el pasillo, tenían en mí un efecto más sedante que la morfina que me solían inyectar para paliar los efectos de la quimio. Me moría y no podía hacer nada, excepto escribir: La primera vez que recibí un beso, la primera vez que me enamoré, la primera vez que me partieron el corazón…todos los momentos que conformaban mi pequeña vida, todos ellos, laboriosamente recordados y resumidos. Ahí estaba yo, ese era mi pequeño aporte contra la Muerte misma, mi resistencia y mi asilo.

Hay una extraña paz cuando uno asume las cosas. Otras veces sin embargo, me despierto agitado en medio de la noche porque no quiero regresar a la Nada. No sé a quién imploro que me dé algo más de tiempo: Sollozo y tienen que calmarme, porque mis ataques de ansiedad alborotan el ala. Y entonces veo los ojos abiertos de los celadores y de los pacientes…Y me doy cuenta de que mis clamores son egoístas, porque todos desapareceremos engullidos en la lluvia del tiempo.

Hace unas semanas, vienen apareciendo flores sobre mi ventana. No me doy cuenta cuándo las traen porque paso los días medio dormido No las odio, pero todo me recuerda a la Muerte, y las flores son vidas prestadas. No sé quién me las trae: No mis padres, no mis amigos…sospecho que alguien quiere hacerme sonreir, pero todo es cada vez más triste, todo cada vez más tedioso. Apenas salgo y paseo porque me duelen los huesos. Imagino quién es el misterioso individuo y una punzada de dolor más grande acaba por revolverme el alma: ¿Será el niño de la habitación de al lado?¿La chica de enfrente?¿Algún enfermero, algún médico, algún celador? Tomo lápiz y papel. Sé que quien las haya dejado regresará. Dejaré una nota:

Al florista misterioso:

Siento que siempre me encuentres dormido. Nunca fui vanidoso, pero también siento que no me veas cuando aún me respondían las fuerzas. Te agradezco enormemente las flores, pero ¿no merecen vivir más? Siempre que las veo, recuerdo que todo el tiempo es prestado. Si también lo piensas ¿podrías traer sólo caramelos y gominolas? Me gustaría mucho conocerte y agradecerte la atención. La próxima vez , por favor, despiertame, o símplemente acércate cuando esté despierto. No muerdo.

La próxima vez- había escrito. Pensativo, me levanté de la cama y dejé la nota junto al florero, rezando porque hubiese una próxima vez…El grado 0 de pensamiento era aquel punto equidistante entre el deseo de sobrevivirme un día más y la realidad de la duda. Y helado, me escabullí de nuevo a las sábanas de aquella pequeña cama.

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