Ruleta Rusa.

Lo llamaban Marica. En realidad nadie sabe cómo ese afeminado había llegado a este trabajo de venta de cocaina en los barrios bajos de Tegucigalpa. Era relativamente joven, tenía los ojos cansados, y en uno se podía adivinar una cicatriz. Unos dicen que era la marca de un viejo amante despechado, otros que el causante de esa reyerta fue él mismo. Era como el humo, indefinido y cambiante con el viento.

Usaban una taberna como tapadera para ofrecer el menudeo a camellos locales. El Marica atendía en la barra. Al llegar la madrugada, se acercaban los traficantes a por sus dosis de cocaína embolsadas, en general gente conocida y de confianza. El Marica chupaba la piruleta de su boca, aburrido tras un día de haber servido a los consumidores. El jefe cuando estaba afuera, negociando con quien sabe qué señor de la droga o tratando de que le hicieran una rebaja en las cervezas, dejaba al Marica encargado de todo.

-¿Y cómo eso del ojo?- dijo Severino Gómez, tendiendo un fajo de gastados billetes sobre la barra- Nunca me contaste cómo te lo hiciste, y se oyen rumores por acá.

El Marica arqueó una ceja- ¿Y qué dicen?

Severino, que siempre pecó de sincero, no se dejó nada para sí- pues que te gustan las…-e hizo un gesto obsceno con las manos, como si rodeara un pene- y que te lo hizo el tipo con el que estabas antes.

El Marica se rió mientras buscaba algo por debajo de la barra del bar. Tomó dos paquetitos de coca y se los tendió al interlocutor. Se quedó en silencio durante un momento, reflexionando- ¿Quieres que te diga la verdad?-Severino asintió- Bueno, pues…Mi padre tenía un anillo- dijo suspirando- cuando se enteró de que me gustaban las pijas, me dio tremenda golpiza , “pa que se me curase” decía él. El caso es que de un puñazo, el anillo me dio en el ojo de tal modo que casi me lo saca, y me dejó con el párpado así.- y en un momento sacó también un revolver plateado de debajo de la barra.

-¿Lo de siempre?- dijo el Marica. Severino calló, confirmando lo que estaba por pasar.

-Mira, esta descargada…-dijo el Marica en tono ritual, abriendo el tambor de seis balas del revolver, y efectivamente, enseñando que estaba vacío- Tomó una bala de una cajita de la estantería que se cernía sobre la barra y la colocó en la recámara del revolver. Con un movimiento de muñeca, cerró el tambor con un chasquido, y con la otra mano lo giró, haciendo sonar sus mortales entrañas. Lo puso sobre la barra. Miró con seriedad a Severino-¿Qué? ¿Una ronda con las reglas de siempre?

Las reglas de siempre eran estas. En caso de empate, el camello pagaba la mitad de la droga, que no solía ser mucho coste. En caso de que este se volase los sesos, la casa se quedaba con el dinero; en el caso de que muriese el Marica, Severino se podía quedar con la coca. El cliente jalaba primero el gatillo. Y sorprendentemente, no muchos rateros de pocamonta los tenía tan bien puestos como para aprovecharse de aquel descuento, y menos después de que uno de ellos muriese con la sien reventada tras intentarlo por primera vez.

-Hoy no, compadre- dijo Severino- hoy prefiero pagar religiosamente, no me siento con suerte.

El Marica guardo el revolver sorprendido. Severino Gómez ya tenía una edad en la que estaba de vuelta de todo, era un cliente asiduo y gustaba jugar de vez en cuando a la ruleta rusa.

-Otra vez será- dijo despidiendose del cliente.

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