Vivir en la Rueda (II)

Para vivir en esta casa, es necesario ejercitar la ignorancia. La gente que se interesa por mi, no se interesa por mí sino por mis medios de vida. Entiendo que su interés no es malintencionado, pero es molesto en cuanto soy tratado más como una especie de planta o de animal al que deben asegurarle el sustento que como a un ser humano. Y sinceramente, parece que sólo se han interesado por mí conforme he podido mantenerme.

La prima de mi padre, absurdamente interesada en adjudicarme algún puesto funcionarial, llama por teléfono ocasionalmente para hacerme sufrir colocando unas antiguas esperanzas frustradas por el tiempo en una persona que, aparte por cierto gusto en la lectoescritura, no tiene nada de excepcional: Yo. Estaría de más explicar que vivo en la mediocridad dorada y que cualquier atisbo de genio resulta de una inexplicable ceguera a los hechos. La última llamada acabó como el rosario de la aurora, y mi paciencia ya no resiste nuevas, de forma que extraoficialmente podríamos llamarnos enemigos. No es una mala mujer, pero confía excesivamente en unas capacidades que yo no me veo por ninguna parte. Y quizás lo que me molesta de todo esto al final es que sus llamadas no son POR mí, sino PARA mí. No pretende interesarse por mi salud mental y anímica, sino por qué comeré en un futuro.

He vivido como una mala hierba toda mi vida, no debería sorprenderme. En las rendijas del asfalto prosperé, silenciosa, sin llamar la atención de nadie, agradeciendo la lluvia cuando caía y la sombra cuando llegaba. He hecho de mi padre y mi madre porque mientras ellos no estaban, o se hallaba viviendo de pobres y míseros salarios (porque la pobreza es algo que no se soluciona, sino que se replica en los hijos), yo me entretenía a mí mismo. Mi abuela fue la que me alimentaba y me acunaba, y la que quizás me amó más incondicionalmente hasta su muerte. Incondicionalmente significa que no le importó que fuera un mediocre, que no le importó ni mi futuro ni mi pasado, que no me llamaba con el solo interés material. Yo, la mala hierba, el diente de león.

No sé hasta cuando mi corazón calloso aguantará tanta indiferencia del mundo.

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