Sobre un tema actual: La Crisis de la Postmodernidad y los movimientos políticos.

Mary Beard quizás sea la especialista en Roma Antigua más aconsejable en la actualidad, no tanto para aprender acerca de esa antigüedad como para aprender de nosotros mismos. Sus charlas, son tan saludables como aconsejables para ponernos a nosotros en perspectiva en la historia. Nosotros, los hijos de la actualidad y de la Ilustración. Su tesis no es que la historia clásica nos sirva de forma directa para extraer consejos, no. Más bien , debemos pensar en un “Ellos procedieron así ¿Somos nosotros mejores?”.

Esa pregunta sacude especialmente nuestra creencia irónicamente infundada de nuestra propia superioridad moral para con respecto a nuestra propia Historia ¿Somos nosotros mejores que los romanos que tiraban cristianos al Coliseo?¿Somos mejores que una sociedad fundada sobre el sistema de la esclavitud clásica? La respuesta se divide en sí o no. Muchos de nosotros, sin siquiera pararse a pensar, en un acto reflejo, dirá que sí. Extraerá de esta afirmación una satisfacción asumiendo siempre que “Su” punto de vista es sin duda, el mejor posible.

Spinoza solía decir que el amor y el odio que expresamos no es tanto una muestra de lo amable y lo odioso de una cosa o una persona, sino del amor y del odio a cosas que aceptamos o rechazamos en nuestra propia naturaleza. En pocas palabras, que nuestros gustos y disgustos hablan más de nosotros mismos que del objeto de esas pasiones. Rechazamos algo porque ideamos que nuestra naturaleza no es amar esa cosa. Para un historiador, la cuestión no puede basarse en realizar historia contrafactual, en fingir que algo no ha pasado, o directamente en no aceptar lo que ocurrió. Este tipo de situaciones de distensión entre el aceptar o no nuestra herencia como integrantes de una historia es un tensor moral. El poder de muchos movimientos políticos actuales sin duda se fundan de no aceptar, directa o tácitamente, esa herencia. Se basa en un poder que podemos asumir como “contrafactual”, históricamente falaz, esa no aceptación del pasado aunque pasó realmente. Es un rechazo por supuesto a unos “valores” en pro de otros. Pero en los momentos más claros de la discusión política actual podemos dilucidar que no existe entre estos grupos una diferencia entre “no repetir el pasado” y “no aceptar el pasado”.

El escudo de esta incapacidad de aceptación recae en la superioridad moral que nos otorgamos. Y esta superioridad moral se puede resumir en pocas palabras: Nadie lo hará mejor. Somos una especie de “epítome de la Historia”. Como Heidegger mostró, los hombres viven en el momento, siendo el momento una acumulación de los hechos desde el origen de los tiempos. Por eso no somos capaces de entender que no somos mejores que nuestros descendientes, y encima, alardeamos de ello, porque nuestra capacidad de intelección se resume en el conjunto de hechos ya ocurridos. No podemos idear un “Bien Mayor” puesto que si tuviéramos experiencia de ese bien, ya lo habríamos ideado. Y a su vez, para idear ese bien, debemos vivir cosas que aún no hemos vivido.

Y por ello, precisamente, es sano entender esa diferencia entre “no aceptar el pasado” y “no repetir el pasado”. En cierto punto, es contradictorio, puesto que es precisamente ese pasado que se rechaza el que permite nuestra situación moral. No es posible aceptar partes de él, porque eso es “alargar”, es “eternizar” nuestra posición nunca llegando a considerar a aquellos humanos que protagonizaron la historia como “Nosotros”. Ellos no son Nosotros. Y es esta la fundamental separación que todos experimentamos en la Historia Contemporánea, como algo diferenciado de toda la Historia anterior. Ellos no son nosotros. Esta división es una amenaza en el sentido político de Comunidad, puesto que entonces la Historia resulta en un conjunto de compartimentos estancos de unos contra otros. Compartimentos estancos a los que podemos preguntar siempre a quién benefician, como diría Foucault. El Poder no es inocuo porque el Poder supone una violencia más o menos explícita. No existe (por ahora) una situación que nos permita rechazar el Estado y la Historia para convivir anárquicamente y en paz en un sistema equitativo. Y por tanto eso significa que la eternización de estas tensiones entre nosotros mismos y nuestra propia historia es una guerra perdida, y solo victoriosa bajo una única posibilidad: la violencia para con nosotros mismos.

Esta violencia puede expresarse física o intelectualmente. Pero como sea, en cualquier caso, supone un rechazo de una parte de nosotros que no se concibe como “nuestra”. No podemos concebirla como nuestra porque no la actualizamos, aunque tengamos esa capacidad. Esta negación de nuestras posibilidades para lo malo (medido por una moral contemporánea ) fue el shock que la Alemania del III Reich produjo al mundo. Hannah Arendt, quien tenía un marcado sentido de esta “aceptación” del pasado como acto reintegrador de nuestra propia naturaleza en el sentido más político posible de convivencia social, resumió con un “No debiera haber pasado” lo que el Holocausto significo: No una ruptura en la propia historia occidental de guerras y violencias, sino una ruptura en el propio núcleo de todo sentido de Humanidad que hasta aquel entonces se podían haber ideado. Y con perspectiva, ¿ No fue esto el resultado de la negación de la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial? ¿No es, como digo, un acto de violencia contra la propia Humanidad en un intento de “digerir” un pasado traumático, con el peor de los resultados posibles? El resultado de la negación de una historia propia que Hitler trató de “Reintegrar” precisamente a base de la peor de las violencias, la pérdida de la Humanidad. De la parte de la Humanidad, claro está, que consideraba culpable de esta primera pérdida inaceptable para el Estado. Esta es la diferencia entre “No aceptar el pasado” y “No repetir el pasado”. Este es el verdadero núcleo y sustancia de nuestra postmodernidad política.

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