Incendiar el Reichstag.

Siempre tendré por eterna maestra de política a Arendt. Arendt que vio y vivió la gestación del fascismo, y que recogió con minuciosidad cirujana las tristes consecuencias éticas, el derrumbe moral, de una sociedad que hasta entonces había parecido sana. Y Arendt seguirá siendo mi más infalible compañera mientras no aparezca algún nuevo Alexis de Tocqueville que nos dé una verdadera visión global de este maremagnum en el que se ha convertido la política actual, tortuoso laberinto de incierta salida.

El Modus operandi de aquel “cambiazo” moral la sorprendió por varias razones. La más evidente fue la de que se produjo desde la legalidad vigente, desde una serie de rutinas bien aprendidas que llamamos ley y que se suponen hechas para protegernos de la arbitrariedad: Cuando se aprueban las leyes de Nuremberg, no se hace en un vacío legal, se sigue el proceso burocrático, copado por la mayoría absoluta del partido Nazi. Las leyes de Nuremberg aparecen en 1935, pero el problema de nuestra visión de la historia es que buscamos siempre momentos epifánicos, fechas señaladas, que oscurecen mucho de lo que verdaderamente pasaba. En 1933- el 14 de julio concretamente- aparece la Ley de Revocación de la Ciudadanía (Desnaturalización) a judíos “naturalizados” e “indeseables” (y entrecomillo lo de “naturalizados” por lo absurdo que resulta pensar que una comunidad que estaba plenamente integrada en Alemania para entonces, aún pudiera llevar el rango de “extranjera”). A día de hoy, no son pocas las voces de movimientos políticos que aplauden esta clase de iniciativas, incluso “desnaturalizando” a quienes adquirieron legalmente la nacionalidad.

Un segundo proceso era el de convertir en enemigos públicos a aquellos que ideológicamente disentían. Cuando Mussolini dice “Nada fuera del Estado, todo dentro del Estado”, no está felizmente concordando con el comunismo: Lo que queda fuera del Estado es “Ilegal” y se ejerce la violencia consecuentemente, para que no quede efectivamente nada fuera de él. El Estado es el imperio de la Ley y el Orden, y por ello (desde una perspectiva fascista) tiene derecho a ejercer la violencia, porque su objetivo es el restablecimiento de ese orden. Es, en otras palabras, un llamamiento al derecho de ejercer la violencia estatal. Porque el Estado, aquello que significa “Estado” ha sido previamente definido por la legalidad: Estado es el conjunto de ciudadanos que tienen derechos, contra el conjunto de no-ciudadanos. El carácter camaleónico del fascismo también asombró a Arendt: son comunistas, son socialistas, son nacionalistas, son estatalistas…tienen una multiplicidad de registro tal que la definición del movimiento ha esquivado siempre a los especialistas políticos. No sería yo el primero que lo intenta y fracasa, pero es curioso cómo los seguidores del fascismo suelen o bien llevarlo a gala, o bien desmarcarse del asunto considerando que los “fascistas” (es decir los enemigos canónicos del Bien Común desde los años 30) son siempre los “Otros”, que resultan ser no sorprendentemente, las ideologías de izquierdas que van desde el Socialismo hasta el Anarquismo. Y más curioso aún resulta ser el hecho de que observando los apegos políticos de los acusadores, tengan tanto en común con la idea de que los “beneficios” políticos del Estado deben ser para quienes son “Estado”; No incluyendo obviamente a los que están por definición “fuera”, sino eliminándolos, ya realmente, ya en un sentido político (deportación, pérdida del derecho de voto, imposibilidad de acceder a prestaciones básicas…). Es decir, “Nada fuera del Estado” en el sentido más ontológico del término.

Efectivamente, eliminar sistemáticamente a quienes no son Estado desde la definición legal. Ciertamente que el Comunismo y la izquierda en general pueden ejercer esta violencia como así lo atestiguan los gulags de época estalinista, y de ahí que en realidad el término “fascismo” sea tan difícil de definir. Pero pesa sobre él un cierto aire aristocrático que la izquierda no tiene: Aristocracia en el sentido clásico del término, “Gobierno de los Mejores”; la gente de orden, la gente de bien, los trabajadores y emprendedores…que son todos con curiosa concomitancia terriblemente egoístas en términos sociales y, por qué no decirlo, económicos. El fascismo siempre tuvo esta identificación con lo “Mejor” de la sociedad- lo Aristoi-, y esta identificación con ello no surge del fundamento platónico de lo “Eternamente Bello, Bueno y Justo”, sino del más pragmático “no salirse de la fila”, una pescadilla que se muerde la cola: Los “Mejores” son los que siguen “nuestras” normas, y “nuestras” normas son la de los “Mejores”. Y también un terrible componente nacionalista maquillado con lo militar: los Mejores son los “Ciudadanos” de “Nuestro” país. Y entre ellos, los que dan la vida por la Patria son observados con admiración y fetichismo, puesto que el ejército siempre ha sido terreno de los aristócratas, la aristocracia surgió de hecho desde lo militar. Para todo ello hay que definir “País”, “Nación” y “Ciudadano”. De nuevo “Nada fuera del Estado”.

El objetivo es gobernar sobre los mejores. Quedan excluidos por descontado aquellos que no satisfacen la cualidad de mejores: Desempleados, gentes de múltiples colectivos (raciales, sexuales, sociales…), pobres y cualquier afín a la izquierda. Ellos quedan como los “No-mejores”, lo que está “Fuera del Estado”-que ya dijimos se define como “lo Mejor”. Son los “vagos y maleantes”, o sea, los que o no se esfuerzan porque no quieren o hacen el mal a sabiendas. Son los “ingobernables” y sobre los que no se quiere gobernar: Lo que no saben, o no quieren saber los que así piensan es que se debe gobernar incluso sobre ellos. Que ejercer el gobierno beneficiando sólo a los que apoyan ese gobierno es mala política en el mejor de los casos, y en el peor, fascismo. Uno vota no de acuerdo a lo que es, sino a lo que cree ser: Por eso al fascismo no le faltarán nunca palmeros, porque hay muchos que creen ser los “Mejores”. Pero no se puede gobernar sólo sobre ellos. Quizás anacrónicamente me permito citar a Jesús de Nazareth: “No es el sano el que tiene necesidad de Mí”. No son los que se conducen siguiendo la ley y el orden los que necesitan de reinserción social, ayudas públicas y grupos de apoyo, todo mal llamado con un tono entre sarcástico y cínico “chiringuitos, mamandurrias y paguitas” por unos cuantos. No son ellos los que necesitan al Estado, y por eso, la política de estos “Aristoi” es “Menos Estado”: Menos cargos públicos, menos gasto en servicios sociales, menos funcionariado. Precisamente porque no necesitan al Estado es por lo que están dispuestos a reventar al Estado, a minimizarlo en los términos tales que Estado y Partido Político sean sinónimos.

Aparece entonces el tercer Leitmotiv del fascismo, el eterno movimiento pendular entre la “valentía” y el “victimismo”. Todo fascista que se precie debe verse como la víctima de un gran complot, ya nacional, ya internacional. Y si no existe uno, se crea. Esta fantasía tiene varios objetivos y una utilidad evidente: La de radicalizar a los seguidores propios, engalanándoles de cualidades propias de los “Mejores” (Los valientes, los resilientes, los que aguantan al pie del cañón, los hoplitas de las Termópilas y los Vikingos del oscuro norte) y la de atraer a los dudosos. Cuanto más se victimizan, más motivos tendrán para soltar la lapidaria frase “os lo dije” y “yo tenía razón”. Esto supone poner a los seguidores por supuesto en posiciones de evidente peligro: La Marcha sobre Roma de Mussolini es un ejemplo exitoso claro, una masa de fascistas que acudieron al llamado de su líder y que podrían haber sido acribillados. Un ejemplo fallido es el Putsch de Munich en el que se tiroteó a los golpistas. Pero tampoco hemos de ir tan lejos en el tiempo, podemos pensar también en el asalto al Capitolio. Se trata pues de poner a los seguidores propios en peligro, forzar la maquinaria, hacerse el valiente y a la vez la víctima. Es el gusto por el martirio del que todo fascismo hace gala, buscando mártires con tal de evidenciar que están en el lado correcto de la historia. “Si somos atacados es porque estamos en lo correcto” debe ser la premisa básica, sin imaginar que incluso “lo correcto” es cuestión de fe en política, es creer que se está en lo correcto. Pero así el martirio quedaría vacío de significado: Hay que estar en lo correcto para que los sacrificios no sean absurdos. Es por eso que esta continua victimización radicaliza: No basta con creer que sea verdad, hay que hacerlo verdadero. Es por eso que, ya mórbidamente, ya con verdadera curiosidad, se atraen las miradas de nuevos integrantes: ¿Acaso los romanos del siglo primero no verían con curiosidad aquella turba de mártires cristianos devorados por leones mientras cantaban alabanzas?

El 27 de febrero de 1933 se produce el incendio del Reichstag. Quién lo perpetró sigue siendo un misterio, puesto que fue el partido Nazi el juez y verdugo del único individuo que consideraron culpable, un comunista neerlandés llamado Marinus van der Lubbe. Este hecho ayudó a que finalmente el Nazismo acabase por obtener el control total de la cámara y de la política de Alemania. Ayer se incendió el Reichstag en Vallecas. Repito tomando prestada la voz de Cristo: Por sus frutos los conoceréis.

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