
Había en la ciudad una imagen de bronce de Cronos con las manos extendidas, las palmas hacia arriba y cada niño que era colocado en ellas era subido y caía por la boca abierta dentro del fuego.
Diodoro Sículo
-¡Heracles!- Gritó una voz entre la muchedumbre agolpada a las puertas del cementerio de Cartago, el Tofet – Por los dioses…-
El individuo interpelado se hallaba a pocos pasos del primero, luchando por espacio para poder entrar. Estaba abrigado por una capa de basta lana parda que le cobijaba de miradas indiscretas.
-Calla, Lisandro ¿O quieres que nos descubran?- Un hervidero humano se movía hacia el cementerio de la vieja Cartago. Era día de fiesta. Heracles y Lisandro habían partido hace una semana de Magna Grecia. En dos días llegaron a las costas cartaginesas, y ahora se atrevían a participar en el Molk: Un extraño ritual en honor a Cronos del que Platón habla en sus escritos.
Lisandro toma a Heracles del brazo para hacerle retroceder. Los tambores sonaban ensordecedores en el Tofet de Cartago.
-¿Oyes eso?- preguntó con terror Lisandro.
-Esta empezando…¡Vamos, vamos!-
Con un ademán enérgico, esta vez era Heracles el que agarraba y tiraba de Lisandro hacia donde más densa era la masa humana, hacia donde todos se agolpaban. Unos empujones más y entrarían en el Tofet. Aquí y allá, el calor, las caras, los cuerpos. Ayes y gemidos. Y entonces, en el centro de una gran explanada, el Baal Melek. O Moloch.
Situado sobre un estrado, una mole hecha de bronce sobredorado expedía humo. Era el torso de un hombre, una estatua con la cara de un hombre barbado con dos poderosos brazos extendidos hacia delante. La cara parecía la máscara de un yelmo, trabada con goznes al cuello. Los sacerdotes, vestidos de púrpura, recordando el antiguo color de Fenicia, recordando a la antigua reina Dido, tomaban las bestias de una fila, un carnero en este caso, y las colocaban, atadas sus patas, entre los brazos del ídolo. El fuego interior que lo alimentaba achicharraba la lana del animal, ennegreciéndola. Este se revolvía raudo a zafarse primero de su destino, y después con tímidos estertores moría. Entonces, alguien accionaba unos resortes, se abría la cara del ídolo con una humareda de negra ceniza, se elevaban los brazos de la imagen, y pronto el cuerpo del sacrificio se deslizaba hacia el mismo fuego. Los griegos eran presa de la reverencia y el terror a partes iguales.
Pronto empezaron a asociar este extraño culto y su ritual cruento con los misterios de Cibeles o los de Dioniso, allá en tierras de los frigios y los lidios, en donde los hombres se castran a sí mismo como voto a la diosa de eterna dedicación, o se destrozan entre ellos bajos los efectos del vino en las bacanales. Los tambores, golpeados con cadencia repetitiva, generaban un efecto de desorientación sobre los allí reunidos, todos parecían sumidos en un frenesí. Otra bestia inmolada. Y una más…
Entonces, la mecánica parece cambiar. Los tambores baten más insistentemente, con más fuerza. El sacerdote parece acercarse al borde del estrado, y de entre el gentío, un par de manos elevan un bulto. La masa grita agitando los puños. Un nombre, una palabra se forma en todas las bocas «¡Lejel, Melek, Lejel!», o lo que es lo mismo «¡Come, Rey, Come!». El sacerdote se va acercando hacia el ídolo nuevamente, mostrando aquel bulto.
-¡Es un niño!- Heracles exclama horrorizado al oido de Lisandro. Lisandro apenas puede oir entre los gritos de la turba y los tambores. Los cantos y los golpes apagan los gritos del pequeño. Ambos griegos sienten un nudo en la garganta, un reflujo ácido.
-¡Vámonos, por los Dioses, vámonos!- Dice Lisandro, tomando a Heracles del brazo y abriéndose paso a empujones hacia el exterior del recinto. Primero, andan, ahora corren alejándose del Tofet. La atmósfera es asfixiante. Se van alejando, se van separando de la masa. Ya no queda nadie, la tarde ha caído. En el interior han perdido el sentido del tiempo, no conocen cuánto ha pasado. El aire se vuelve respirable de nuevo.
-Nuestros ojos han visto lo que no debían- dice Lisandro- hemos allanado verdaderamente un misterio y hemos sido castigados por ello. -Heracles asiente con la cabeza.
-¿Qué haremos ahora?- pregunta- ¿Cómo viviremos?
-Hay cosas- contesta Lisandro- que mejor hubieran sido dejar leídas. Pero nosotros, griegos, hemos sido castigados verdaderamente por nuestra curiosidad profana. Que los Dioses se apiaden de nosotros.