Yo

La búsqueda del “Ser” es la búsqueda del “Yo”. No hay un precepto superior, puesto que el “Yo” es el correlato humano del “Ser”. “Yo”-”Dios”-”Ser” son tres aspectos de la misma cosa: El Yo es el Ser en sí que somos capaces de percibir, el Ser es el “Concepto del Ser” que nos hemos formado por el propio “Ser en sí”, y “Dios” es el “Yo” como “otro”. Todo esto se observa en la necesidad cartesiana de poner un “Yo” externo que nos asegure la realidad del mundo, ese “Yo” era Dios. Esta idea culmina con Espinoza, en donde se asimila el “Yo” individual con el “Yo” como Dios. Hay una necesidad de colocar la subjetividad interna en la objetividad externa del Mundo como “Ser”. Definir el “Ser” sin embargo aparece como un problema, puesto que toda definición parte del “Yo”, que es el “Ser en sí” original. Esto se entiende mirando más de cerca lo que significa “Presencia”: La Presencia es la realidad de tener “Ser” delante del “Ser”. La conciencia atribuye “Presencia” al “Ser” porque ella misma es “Ser en sí”. Esta actitud de “Presencia” es sólo achacable a la actividad humana: No tenemos concepción de “Presencia” ajena a nuestra experiencia; no podemos decir que un vaso se “presenta” ante una mesa de la misma forma que ante nosotros. De aquí se deduce que nuestro “Ser en sí” es el “Ser en sí”, o al menos, conforma parte de él como una gota conforma parte del mar.

Lo que nos choca es la diferencia entre nuestra voluntad y la realidad externa que nos rodea. A esta diferencia la llamamos “Objetividad”: A la no-igualdad entre nuestros intereses, nuestra imaginación, nuestro deseo, y la exterioridad que se comporta con leyes y movimientos diferentes a nuestro propio Ser. Esta diferencia obligaba a imaginar una división radical en el Ser, dos especies de Ser cada uno comportándose con sus propias leyes y sus propios recursos. En este sentido, la mente actúa de síntesis, el “Yo” realizaba de lugar en el que se aceptaba el mundo de la interioridad y el de la exterioridad como convivientes en el mismo plano, el de la realidad. Sin embargo, esa síntesis cae en mismo error, puesto que el “Yo” es igualmente subjetividad y depende no de una fuerza externa a sí misma para Ser, sino de ella misma. Por tanto, no es la síntesis imparcial que pretende ser. Su asunción parte de la mera aceptación de la externalidad como “Ser”; y ni si quiera la aceptación como tal, puesto que es inexacto asumir “voluntad” en el hecho de la “Presencia”. No es una aceptación, es una constatación.

Un espejo. Un espejo es el “Yo”, un espejo es el “Mundo”. Por eso siempre nos han fascinado los espejos, porque corporeizan una cualidad que creíamos nuestra: el acto de “Reflejar”. Reflejamos lo que refleja el mundo que reflejamos. Dos espejos confrontados que reflejan una infinitud, que es la Consciencia. Pero debe haber un sustrato de “Algo”, de Ser. Una Consciencia sin contenido sería imposible, aunque teóricamente pudiese existir, puesto que aunque tuviese la cualidad “reflectante” de la que hablamos, no contendría nada que reflejar, incluyéndose a sí misma: La consciencia no es autoperceptible sino como siendo capaz de percibir algo. La idea de una consciencia autoconsciente sin contenido es ridícula, puesto que el percibirse a sí misma sin un contenido sería como ver a través de un cristal una nada, ese cristal es a todos los efectos, invisible al ojo. Así una consciencia autoconsciente sin contenido se asimilaría a sí misma, no como algo distinto de ella, sino como ella. No existiría una distancia entre lo que ella refleja y lo que ella es. La consciencia es sólo consciente de sí misma cuando su reflejo devuelve un “algo” existente, y es reflejada reflejándolo. Sólo entonces hay una distancia entre ella misma y ella misma, impuesta por el “algo” que refleja, y puede verse a sí como tal. Tampoco la mente puede ser concepto de sí mismo si no tiene concepto de sí: Ese es el problema de asumir una consciencia increada. Una consciencia sin contenidos no puede encontrar por dónde asirse a ella misma y ser su propio concepto porque no es capaz de diferenciar su ser de sí misma. Ahí entra el mundo como lo objetivo, como lo diferente. Pero en cuanto ocurre un “algo” escindido de sí, también penetra la nada, como una suerte de “algo más”. Sartre pensaba en esta Nada en términos de una aparición ante un Ser pleno, un Todo que impide la posibilidad de una Nada que no sea efectivamente una Nada teórica. Nosotros ya hemos impuesto que la realidad del Universo es la Nada, y que la Nada como tal, es precursora del Caos, puesto que el Caos es un “Algo” desordenado, un Ser cuya esencia es No-Ser o que se prensenta como un paulatino “No-siendo”.

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